Morelia resguarda entre sus calles y construcciones, otra misteriosa leyenda, la cual involucra al Acueducto.
Dicen que el Obispo de Michoacán, Fray Antonio de San Miguel, pidió una limosna a los españoles que vivían en Valladolid. Estos vecinos acaudalados y avaros, se pusieron de acuerdo para no dar esa limosna al Obispo. Pero a la vez, querían quedar bien con él.
“Se reunieron y le dijeron que tenían su oro en la Caja del Tesoro de la Ciudad de México y que no podían sacarlo hasta dentro de un mes. Don Gonzalo del Roble le dijo al Obispo que si la obra se terminaba el 29 de septiembre, día de San Miguel Arcángel, le darían la limosna que les pedía”, relató Adrivid Adonai Torres, guía de leyendas.
Faltaban arcos por terminar y parecía imposible concluir tal obra en un mes. Prometieron, los españoles, pagar al obispo los gastos si para tal día estuvieran terminados.
“Muy triste se quedó el Obispo, pensando que era imposible concluirlo para ese día. No obstante llamó a los albañiles y operarios para que se pusieran a trabajar. Y así lo hicieron con verdadero empeño”, explicó Adrivid.
Cinco días faltaban para la fecha prevista y una gran desgracia aconteció. Los trabajadores se enfermaron de un extraño mal. Tuvieron que suspender sus trabajos.
“Pero dicen que a las 12 de la noche, esa tristeza se convirtió en miedo; faltaban 8 arcos por terminar y era la víspera de San Miguel. Por todo Valladolid, se escuchó un fuerte martilleo de cinceles, un trajín de animales de carga, andamios, ruidos, carros, idas y venidas por la ciudad… Ningún vecino se asomó a ver qué pasaba por miedo, la gente lo escuchó desde sus casas”, compartió el guía de leyendas.
Fue una larga y trabajada noche. Nadie quería salir de sus recámaras. Pero alguien llegó a Valladolid y vieron cómo el agua llegaba a la ciudad a través del Acueducto. Los arcos estaban terminados, nadie lo podía explicar.
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“Aquellos hipócritas que habían negado su dinero, sacaron cuanto tenían en bolsas de oro y se lo llevaron al Obispo, temerosos de que Dios les castigara. Pero el Obispo, bueno y generoso, no lo necesitó porque el milagro se había generado, y las cajas fuertes que tenía vacías, ahora estaban llenas”.
Es así que se dice, Dios quiso favorecer ampliamente a la gente de este hermoso lugar de Morelia.
