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México, segundo lugar del mundo en bioculturalidad

México, segundo lugar del mundo en bioculturalidad

Lengua, conocimiento y medio ambiente configuran la diversidad biocultural que caracteriza a México, segunda nación del mundo con esa riqueza reflejada en una impresionante relación entre las culturas indígenas y la vegetación, lo que muestra sus notables aportaciones a la biodiversidad, los ecosistemas y sus recursos que es necesario incorporar a las estrategias de resiliencia.

Eckart Boege Schmidt, autor de El Patrimonio biocultural de los pueblos indígenas de México. Hacia la conservación in situ de la biodiversidad, define estos conceptos y esclarece cómo los pueblos indígenas conservan y aprovechan los recursos naturales, lo que coloca a México, después de Indonesia, en segundo sitio entre los seis países con mayor diversidad cultural y biológica del mundo. La India, Australia, Zaire y Brasil complementan este selecto grupo.

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En “Las voces de la biodiversidad en México”, libro de Esmeralda Loyden editado por la SEMARNAT y la PROFEPA, se indica que esas seis naciones albergan casi el 70% de la riqueza biológica del planeta, y para la conservación de la biodiversidad y los ecosistemas juegan un papel relevante las culturas indígenas, que en su esfuerzo de sobrevivencia coevolucionaron junto con la flora y la fauna a lo largo de 10 mil años.

Según Boege, en México la biodiversidad culturalmente creada es producto de un largo proceso de intercambio y selección cultural sistemática al que se agregan las plantas medicinales, que pueden pertenecer a la vegetación primaria, secundaria, de semicultivo y de cultivo, y constituye una extraordinaria riqueza que no se encuentra en otros territorios indígenas del orbe, por lo cual, “sin pueblos indígenas y campesinos esta experien­cia civilizadora se perdería para México y la humanidad.”

Explica que México se convirtió en uno de los centros de origen y diversificación de la cultura global, y ha contribuido con el 15% de las especies del sistema alimentario mundial, gracias a las culturas asentadas en zonas de alta biodiversidad, las cuales han vivido casi siempre de ella, la han cultivado en un sentido amplio, y la han clasificado según sus necesidades.

Así, México es centro de origen de cactáceas; centro de origen y dispersión de pinos y encinos, pero también centro de origen natural de la agricultura, y no solo del maíz, gracias al trabajo de los indígenas mexicanos.

El proceso de domesticación continúa hasta nuestros días con un intercambio entre especies silvestres o semisilvestres: teocinte con maíz, calabazas con calabazas silvestres, lo que va transformando el paisaje. Por ejemplo, indica, en la Reserva de la Biósfera de Calakmul, donde los mayas sembraron con el sistema de roza-tumba-quema y seleccionaron previamente las especies arbóreas, se modificaron los ensambles ecosistémicos de la selva.

Por ello, Boege Schmidt llama a los pueblos indígenas “gente de los ecosistemas”, y señala que esa vinculación tiene que ver con sus conocimientos, su lengua y sus creencias, sus prácticas y su identidad. De ahí el concepto de patrimonio biocultural que engloba la enorme riqueza cultural de los pueblos originarios.

Un ejercicio cartográfico que el antropólogo del INAH emprendió con el auxilio de otros especialistas dio como resultado el hallazgo de grandes unidades territoriales de manera concentrada donde habitan los indígenas y convergen categorías lingüísticas, pero coinciden también distintos tipos de vegetación, ya sean bosques primarios, secundarios o estratos herbáceos.

Se trata del 14% del territorio que es el “núcleo duro” de la bioculturalidad y se ubica en las selvas altas; bosques mesófilos de montaña o bosques de niebla, y en los bosques de pino, pino y encino, así como en bosques templados sub-húmedos. Sobresalen en estos conjuntos los bosques de la Sierra Tarahumara, de Durango, Chiapas, Oaxaca y Michoacán.

Fuente: Boletín Semarnat

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