En la cochera de su vivienda en La Ruana, el féretro del ex líder de las autodefensas, Hipólito Mora Chávez, yace solo…
Un par de cirios artificiales iluminan tenuemente el sarcófago de madera que envuelve sus restos mortales, aquellos que entregó a la causa social de un pueblo oprimido por grupos criminales y que hoy, lo deja solo como si se tratara de un desconocido para el pueblo… quizá por miedo, quizá obligado, pero consciente, o no, de su legado.
Sobre el ataúd, se puede observar su icónico sombrero, aquel que lo guarecía del sol cuando recorría los dominios territoriales del narco para aplacar la voracidad de un moustro de mil cabezas que secuestra, extorsiona, envenena conciencias, asesina y ultraja doncellas…
El silencio es desgarrador, la ausencia mucha y las sillas permanecen vacías, uno que otro adulto o niño anda por aquí o por allá… en espera de que alguien hable del legado, de la lucha, de la esperanza que quizá hoy perdió todo un pueblo que le falto la fuerza para despedir a quien harto pidió justicia una y otra vez y que finalmente se levantó en armas primero con un puñado de hombres y mujeres con carabinas y carrilleras, después con centenares que hoy, no han llegado al funeral.
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Dos floreros se encuentran al pie del ataúd frente a su imagen fotográfica y el recuerdo de Monserrat al centro de la mortaja…
Aquí, no hay coronas de los gobiernos y sus funcionarios, ni de aquellos políticos que le profesaban respeto que le saludaban con aprecio, ni de aquellos que se decían sus amigos, mucho menos de quienes a través de redes sociales lamentaron su muerte…
Hoy, a Hipólito Mora, le acompaña solo su familia y un cumulo de las sillas vacías y como testigo una imagen de la morenita a la que siempre se encomendó.
