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domingo, 14 - agosto - 2022

Balneario de San José Purúa en Michoacán

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Para valorar el patrimonio arquitectónico del siglo XX es necesario conocer su historia. Muchas construcciones del llamado Funcionalismo o Modernismo se encuentran en malas condiciones, y varias de ellas con certeza desaparecerán en las próximas décadas. El Hotel Balneario de San José Purúa es prueba de lo anterior. Después de ser uno de los hoteles preferidos en el interior de la República por tres décadas, ahora vive en la incertidumbre, y sólo su historia permite conocer aquél sitio que fuera el epítome de la vida lujosa.

Ubicado al oriente del estado de Michoacán, en el municipio de Jungapeo, San José Purúa era el típico ejemplo del “paraíso tropical” que resultaba tan atractivo para la sociedad de medidos del siglo xx: vegetación exuberante, ubicado en una cañada cruzada por el río Tuxpan, con caídas de agua y un clima templado por elevarse a una altura de 300 metros sobre el nivel del mar. Pero había otros elementos que llamaban la atención: poseía numerosas lagunas, manantiales y lodazales con atribuciones curativas. Aguas alcalinas y carbogaseosas de efectos sedantes, similares a las de balnearios europeos recomendadas sobre todo para afecciones nerviosas, asma y alergias respiratorias.

La hacienda de San José Purúa data de principios del siglo xix, época en la que abarcaba una superficie de 7,500 hectáreas. Su último propietario —antes de ser adquirida por los políticos mexicanos Miguel y Jorge Henríquez Guzmán— fue Pedro González Vélez, español, de Santander, quien al renunciar a la carrera de medicina que estudiaba, decidió recorrer distintos tipos de balnearios en Europa, como los de Vichy en Francia o Karlo Vary en Checoslovaquia, donde se practicaba la hidroterapia. Cuando llegó a México en 1906, varias personas le ayudaron a establecerse en el país y gracias a ellas pudo obtener la hacienda en propiedad.

Cuando González se dio cuenta de que en sus tierras existía un manantial, mandó examinar el agua a distintos laboratorios en la ciudad de México y Europa para confirmar sus propiedades curativas. La idea que tuvo en un principio de embotellar el agua fracasó, pero vislumbró la posibilidad de hacer de su hacienda un balneario para recibir visitantes nacionales y extranjeros. Cuando llegó la repartición agraria de la mano de Lázaro Cárdenas, González trató de defender a toda cosa su propiedad, sin embargo, los recursos económicos con los que contaba se agotaron en estos intentos infructuosos y las personas beneficiadas fueron los hermanos Henríquez Guzmán, a los que González tuvo que vender esta fracción de la hacienda.

Los hermanos adquirieron la mayor parte de la Hacienda de San José Purúa y decidieron introducirse al negocio turístico. La construcción de la carretera nacional número 15, para unir la ciudad de México con la de Guadalajara vía Morelia, fue lo que los terminó de convencer de adentrarse en el negocio de la hotelería. Además de estar encargados de la construcción de la carretera, podían aprovechar el momento favorable para construir un balneario. De hecho, lo primero que se hizo fue pavimentar un camino que llegaba hasta el manantial y en esa zona se construyeron tres albercas y un área de vestidores.

Esta pequeña prueba anunció un futuro prometedor y los hermanos Henríquez Guzmán decidieron invertir en un espacio mucho más grande que ofreciera también más servicios. Lo primero era elaborar un proyecto, por ello abrieron un concurso para que arquitectos e ingenieros presentaran su propuesta y así elegir la más conveniente. Tenemos información de al menos tres proyectos para construir el Hotel Balneario en San José Purúa. El primero estaba inspirado en el Palacio de Versalles, pero se desechó por lo costoso que sería realizar una construcción de este tipo en el terreno accidentado de la zona. El segundo imitaba un rascacielos citadino en medio de la sierra, lo cual daba como resultado un edificio absurdo. El tercero, y el que convenció a los empresarios, fue la colaboración presentada por el arquitecto de origen alemán Max Cetto y el yucateco Jorge Rubio.

A decir del arquitecto alemán, su proyecto resultó el triunfador porque era el menos costoso, no porque los empresarios entendieran realmente la propuesta que se les presentaba. Les dieron una semana para elaborar completamente el proyecto del hotel y en 1938 los arquitectos se trasladaron a San José Purúa. Según su testimonio,

[…] al cabo de algunos días de no dormir, presentamos el trabajo con todo y presupuesto […] el terreno era tan accidentado, el paisaje tan bello y nuestro proyecto se acomodaba muy bien a él respetando los niveles del terreno. Lo que hicimos fue dibujar el proyecto en el sitio, rescatando la ecología del lugar y después realizamos el trazado del anteproyecto; entonces, ese proyecto no está planteado sobre el restirador sino en el terreno mismo […]

Para los expertos en arquitectura mexicana, lo hecho en aquel lugar enclavado en la Sierra Madre Occidental, era inédito para el ámbito mexicano. Integrar la arquitectura al sitio, aprovechando materiales aparentemente sencillos, como piedra, madera, tejas o barro cocido; planear los espacios a partir de los accidentes del terreno; relacionar la construcción estrechamente con la naturaleza y con la cultura michoacana a través de un edificio moderno. Todo esto se consiguió en San José Purúa como en ningún otro espacio, al grado de ser considerado por sus contemporáneos como una “obra de arte total”.

El Hotel Balneario se inauguró en 1940. En sus días de mayor auge, el lugar contaba con casi 352 mil metros cuadrados de extensión. Además del restaurante y bar, contaba con boliche, billar, auditorio, club nocturno, varias albercas y las aguas termales. El hotel en un principio contaba con 166 habitaciones pero aproximadamente en 1959 se hizo una remodelación para que alcanzara las 225. Existen datos de que en esta época llegó a tener un 80% de ocupación en promedio anual, con una sexta parte de visitantes extranjeros.

Este Hotel Balneario también fue reconocido por las personalidades que se hospedaron en él. El famoso torero cordobés Manuel Laureano Rodríguez Sánchez, mejor conocido como Manolete visitó el lugar antes de partir a Lima después de su temporada en México en 1946, donde aprovechó para relajarse de las tensiones de su profesión. Luis Buñuel tuvo una afición especial por el lugar, que desde 1948 visitaba para pasar largas temporadas para escribir los argumentos de sus películas. Otro huésped ilustre fue B. Traven, quien se cuenta, llegó a San José Purúa gracias a la relación que mantenía con Esperanza López Mateos. Erich Fromm y Anna Freud también disfrutaron del Hotel Balneario que para los años cincuenta tenía una tarifa de $60 pesos para el cuarto sencillo y $100 para el doble.

El Hotel Balneario de San José Purúa, después de ser uno de los hoteles preferidos en el interior de la República por tres décadas, comenzó a decaer después de los años setenta, cuando sus dueños ya no tenían ni la edad ni el interés de conservar las instalaciones, lo que produjo su deterioro. Sus nietos llegaron al relevo, pero la única opción de regresarle sus años de gloria era a través de préstamos que resultaron insuficientes. Así, transformaron al edificio en algo completamente diferente al proyectado por Cetto en los años treinta, con poca clientela y en espera de nuevos rescates financieros para apuntalarlo como uno de los principales centros turísticos del país, cosa que por desgracia, nunca sucedió.

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