¡Cuidado! No pases por el callejón del muerto

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Entre las leyendas de Michoacán se encuentra la del Callejón del Muerto, donde se habla que Don Diego Pérez de Estrada era un comerciante en paños, sedas y mantones que después de haber recorrido varias ciudades de la Nueva España por razón de su comercio, había fijado su residencia definitiva en Valladolid, por considerarla más apropiada para sus proyectos de casarse con una heredera acaudalada.

En efecto, entre las muchachas vallisoletanas que acudían a su vistosa tienda, conoció a la más linda y más rica joven.

Doña Inés de la Cuenca y Fraga, huérfana de padre y madre, y heredera de una de las más extensas y poderosas haciendas de la Tierra Caliente, rayaba en los 20 años. Blanca como el armiño, sus pies pequeños y arqueados, sus manos llenas de hoyuelos con dedos redondos, largos y agudos, sus mejillas sonrosadas, su boca pequeña y purpúrea, enamoraban a más de uno.

Las viudas y los huérfanos encontraban en su casa, calor, techo y pan. De su cuenta no hubiera ningún desnudo ni hambriento, aunque el día que nadie le
pedía un favor se entristecía.

Propiamente en Valladolid, don Diego no había hecho de las suyas, no al menos en público; gastaba joyas riquísimas, vestía con elegancia. Conservaba en su persona la apariencia de hombre de bien que necesitaba para lograr sus fines, y así pudo enredar a doña Inés.

Llegó por fin el día en que don Diego pidió a doña Inés su mano. Esta antes de resolver quiso consultarlo con su padre espiritual, Fray Pedro de la Cuesta, religioso franciscano, quien me pidió demorar la respuesta hasta conocerlo bien.

Como todo en esta vida se sabe, el fraile pudo averiguar todo esto para aconsejarle que le dijera que no.

Aquel no le cayó a don Diego como una terrible puñalada que de pronto lo dejó anonadado hasta más no poder; pero vino en seguida la reacción, y enfureciéndose, prometió llevar a cabo la más terrible de las venganzas en la persona del consejero, y por varios días anduvo meditando la venganza.

Una noche de tormenta en que las nubes
negras y espesas se revolvían en el cielo, se encaminó al convento, tocó la puerta, abrieron y vieron a un hombre tirado que quería confesar sus culpas a fray Pedro de la Cuesta. No tardó el religioso en salir y acompañado de aquel embozado se dirigió al sitio donde estaba el enfermo.

Se acercó al lecho del moribundo que no era otro que don Diego, al revisarlo, ya estaba muerto, empuñando una daga con
la cual iba a matar a fray Pedro.

A la mañana siguiente se divulgó en un
momento el caso maravilloso y toda la gente decía: “Vamos al callejón del muerto”.

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