México y la brecha digital

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MÉXICO Y LA BRECHA DIGITAL

Por: Estrellita Fuentes Nava

De acuerdo a los expertos el tráfico en las plataformas de internet se ha incrementado de un 50 a un 80 por ciento en el mundo en esta temporada por el confinamiento social ante el COVID-19. Y es que de la noche a la mañana nos vimos botados de nuestros espacios cotidianos ya sea los centros de trabajo, la escuela, los servicios y el comercio, para resolverlos como se pueda desde nuestro hogar, y esto nos volcó de una manera abrupta, intensa y acelerada hacia la infraestructura digital que tenemos a nuestro alcance. Y aquí hago un recuento…

Recuerdo cuando hace poco el gobierno de Michoacán anunció la suspensión de las clases en las escuelas (pocos días antes de la fecha oficial que habían dado también las autoridades educativas federales), y al entrevistar en el noticiero televisivo CB Meridiano a un funcionario de la Secretaría de Educación le pregunté sobre cuál sería la apuesta para que los chicos continuaran sus clases: él me contestó que sería a través de plataformas digitales y que irían resolviendo conforme la marcha (oficialmente siguen “en construcción”). Sin embargo, en paralelo a este anuncio una gran mayoría de universidades e instituciones educativas privadas ya se habían adelantado con la medida de la suspensión de clases y estaban resolviendo a través de sus propios sitios de intranet que son parte habitual de sus herramientas de trabajo. En este punto quiero hacer una pausa para resaltar los desequilibrios sociales con respecto al acceso a la tecnología digital que hay en tan solo un aspecto de nuestra cotidianeidad como lo es la educación: los estudiantes de las escuelas privadas hoy tienen a su disposición plataformas robustas que les permite la interconectividad y siguen cumpliendo con su calendario escolar como si nada sucediera; en cambio, esto es abismalmente menos posible para un educando de una escuela pública. Triste en verdad, y continúo con mi relato…

Los pequeños negocios sobre todo de comida en la capital moreliana han tenido que migrar a plataformas como Rappi o Ubber Eats para poder sobrevivir llevando los alimentos hasta los consumidores, a fin de equilibrar la ausencia de comensales en sus locales dadas las medidas sanitarias para protegernos de la pandemia. Los bancos insisten en ofertarnos sus plataformas digitales para hacer transacciones a través de nuestros celulares o computadoras y evitar acudir a sus sucursales; también las grandes tiendas departamentales como Liverpool o Palacio de Hierro, aun cuando han cerrado sus locales, siguen operando a través de las compras virtuales. A ello se suman las grandes empresas como Amazon que permiten la compra – venta de manera fácil y hasta la puerta de nuestro hogar. También hay los supermercados que entregan las mercancías a domicilio.

En materia de entretenimiento y cultura hoy existe la facilidad de acceder a los grandes museos del mundo a través de recorridos virtuales, así como de cine sin salir de casa a través de Netflix, Amazon Prime, HBO, YouTube y mucho más; ello aunado a los artistas y cantantes nacionales y extranjeros que se han sumado a las iniciativas para ofrecer conciertos gratuitos en solidaridad con la consternación ante la pandemia por el COVID-19, muchos de ellos desde la comodidad de las salas de sus casas.

Los grandes emporios periodísticos tanto impresos como electrónicos han migrado hacia los sitios de internet que llevamos en las palmas de nuestras manos, dándonos la facilidad de la inmediatez para estar informados, e incluso seleccionar las temáticas de nuestro interés (apunto que esta rapidez de información se ha vuelto crucial en los tiempos actuales de esta pandemia).

Y hablando de tecnologías digitales, también llama poderosamente la atención la movilización de jóvenes ingenieros o expertos morelianos que han estado trabajando a marchas forzadas a través de computadoras 3-D para imprimir mascarillas y después donarlas al personal médico que atiende en los hospitales públicos, supliendo una deficiencia tanto del mercado como de las instituciones públicas que no dan para más en suplementos e insumos mínimos necesarios. Así también voluntarios del mundo de la tecnología se han volcado sobre proyectos colaborativos de manera exprés para sacar adelante a la humanidad en medio de esta pandemia, ya sea para modelar la propagación del COVID-19 y hacer predicciones, como para desarrollar aplicaciones para el reparto de despensas a personas vulnerables, desarrollar la vacuna o los kits de detección del virus. De hecho la Fundación Chan Zuckerberg está trabajando en hospitales de San Francisco para expandir las pruebas y Facebook está donando miles de mascarillas para trabajadores médicos. Se dice incluso que en Silicon Valley incluso se está analizando ahora sobre cómo seguir adelante con todas estas iniciativas cuando pase lo peor de la pandemia.

Todo esto me ha hecho pensar en dos reflexiones claves desde la óptica de la política pública en México: primero, el cómo se ha echado en saco roto la Estrategia Digital Nacional (EDN) que fue tan anunciada en la época del Presidente Enrique Peña Nieto y de la cual, a pesar de la onerosa inversión realizada, en este momento que la necesitamos tanto no vemos nada claro; y segundo, pienso en la urgente necesidad de que a nuestros políticos les hace falta una visión digital integral (si no es que sería mejor que los políticos fueran sustituidos por los nuevos perfiles altruistas digitales, que sería un tema de análisis aparte y muy interesante).

Sobre mi primera reflexión además de que es urgente reavivar la EDN (imagínense tan solo las implicaciones en los sectores de salud y educativo), este gobierno federal actual si es que quiere jactarse de velar por los más pobres, tiene que empezar a pensar en el cómo cerrar las brechas de acceso a la tecnología digital, que no sólo es ampliar el espectro de cobertura del internet. Pensemos por ejemplo en el teletrabajo que podría compensar el hecho de tener a funcionarios públicos sentados en casa y cobrando en la nómina en medio de la pandemia, y por el otro lado a ciudadanos que requieren de trámites y que ahora están suspendidos por el COVID-19. O dotarles de oportunidades de capacitación y empleo mediante plataformas digitales a los desempleados o adultos mayores, e insertarlos de alguna manera en la dinámica económica global. O conectar a los pequeños negocios en las grandes cadenas de suministro a través de redes de interconexión con los posibles grandes compradores incluso fuera de México. También he visto reportajes de países donde a sus ciudadanos les envían un kit de detección del virus a domicilio, el cual incluye una tablet donde se conecta con el médico para que los diagnostique y también mediante un aditamento se les tome la temperatura. O en Corea del Sur donde instalaron miles de casetas públicas en las calles para las pruebas exprés del COVID-19.

Desafortunadamente tanto la ciencia como la tecnología, así como lo digital están demasiado ausentes de los programas e inversiones públicos en todos los órdenes de gobierno, cuando podrían hacer la diferencia en momentos cruciales como este que vivimos hoy en día. De hecho, México invierte menos del 0.5 por ciento de su PIB en ciencia y tecnología comparado con el promedio de los países miembro de la OCDE que es del 2.4 por ciento; y ni compararnos con Corea de Sur con su 4.3 por ciento o Israel en un 4.1 por ciento. Así que la tecnología la hay, lo que falta es la voluntad política para hacerlo. De ahí continúo con mi segunda reflexión que mencionaba: no es posible que mediante modelos arcaicos de los años 80’s estemos diseñando políticas públicas. Hoy el mundo es global, y la tecnología está avanzando a pasos agigantados y está muy a nuestro alcance. ¿Cómo es posible que nuestros congresos en México apenas estén probando por la pandemia los esquemas de videoconferencias a distancia cuando esa tecnología existe desde años atrás? ¿Por qué en Michoacán y en México no se ha avanzado en lo que toca a la agenda del gobierno digital y transparente? (incluso a nivel nacional vamos hacia atrás)… Mi conclusión personal es porque eso no conviene a ciertos intereses que están regodeados con el poder y les conviene tenernos divididos, incultos y enajenados; no les conviene transparentarnos, ni reducir la burocracia, ni transitar de un modelo asistencialista a uno de la autogestión. Tristemente me parece que faltan años para que eso suceda en el país, e implica un chip mental y cultural que es clave cambiar también.

Lo bueno de lo malo que es el COVID-19 es que nos ha desnudado como sociedad y ahora vemos con más claridad lo que somos, lo que tenemos y en dónde estamos parados. Ojalá transitemos después de esta pandemia hacia mejores estadios tanto humanos como tecnológicos que nos permitan evolucionar, y no seguirnos quedando atorados en lo que hoy es ya la nueva prehistoria. Quizás hoy la respuesta esté en las nuevas tecnologías que nos ayudarían a convertirnos en una sociedad más equitativa, inclusiva, informada y eficaz.

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